
La imagen de modernidad que Qatar se esfuerza en proyectar en todos sus ámbitos hace que te olvides a menudo de su condición de país islámico. Desde luego no es un régimen tan estricto cómo otros, pero tiene sus puntos. Uno de ellos nos lleva de excursión al Centro Nacional de Seguridad Sanitaria. No puedes permanecer en este país si padeces enfermedades cómo la tuberculosis, hepatitis o si eres portador de VIH. Así que a todos los foráneos nos obligan a pasar un examen médico, radiografías y análisis de sangre.
Nuestra posición aquí es bastante privilegiada por ser, indirectamente, trabajadores de Al Jazeera. En las oficinas de la famosa televisión empieza nuestro tour médico. Un chico turco y un hindú esperan en la recepción con Luís y conmigo. Llega el jefe. Viste el típico atuendo blanco qatarí. Desconozco su cargo pero se desenvuelve con gran seguridad en sí mismo. Salimos y bajo el calor húmedo y bochornoso nos espera un coche para trasladarnos al centro sanitario. Un chófer indio nos acompaña hasta allí en un lujoso Jaguar. Tal vez por su posición laboral, o quizá por la dignidad que emana el volante, el chófer habla con cierta altanería mientras sorbe su té helado en vaso de Starbucks y pilota con una sola mano. Esos humos no los hemos atisbado hasta el momento siquiera en los propios qatarís, que aquí son los reyes del mambo. Pasamos el viaje en silencio mientras el chófer dialoga efusivamente con su compatriota. Luís y yo nos miramos perplejos e intentamos ahogar la carcajada cuando el conductor eructa en mitad de una frase y sigue hablando sin el más mínimo apuro. Quizá es algo normal, algo cultural, o quizá este tío es un poco cerdo. Todavía se me escapan demasiados datos culturales.
El Centro es un edificio de dos plantas separado en una zona para hombres y otra para mujeres. Aquí todos los hospitales hacen esta diferencia. No obstante este lugar no es un recinto hospitalario. Hay oficinas, consultas y largas colas ante ventanillas para entregar documentos. El jefazo nos guía por los pasillos mientras carga una pila de cajas de cartón con el logotipo de Al Jazeera. Nos encontramos de pronto en la sala al otro lado de las ventanillas. Unos trabajadores vestidos con túnica blanca teclean nuestros datos en el ordenador mientras los ciudadanos de a pié esperan su turno al otro lado del cristal. Es un alivio no tener que hacer la cola pero me inquieta la naturalidad con la que se ejercen ciertas discriminaciones administrativas. Vamos pasando por las consultas sin esperar ni un minuto. Los médicos que nos atienden van recibiendo cada uno su correspondiente caja. Mientras me sacan la sangre veo el contenido de una de ellas. El médico sonríe agradecido por la agenda y billetera de piel envueltas en papel de seda. Radiografía de pecho y fin del recorrido. En un inglés atropellado el jefe me explica todo el tiempo que nos hemos ahorrado y me comenta que su primo es algo así como el director del centro. Conmovedor.
En el camino de vuelta repaso las injusticias que he visto en la escasa media hora que hemos estado allí. Supongo que me falta el prisma con el que se miran aquí las cosas. Sinceramente, espero no obtener jamás ese prisma.
Suena ‘Evil’ de Interpol.
(Menos mal que pronto empieza el trabajo con las Olimpiadas, tengo demasiado tiempo para reflexionar aquí.)
Nuestra posición aquí es bastante privilegiada por ser, indirectamente, trabajadores de Al Jazeera. En las oficinas de la famosa televisión empieza nuestro tour médico. Un chico turco y un hindú esperan en la recepción con Luís y conmigo. Llega el jefe. Viste el típico atuendo blanco qatarí. Desconozco su cargo pero se desenvuelve con gran seguridad en sí mismo. Salimos y bajo el calor húmedo y bochornoso nos espera un coche para trasladarnos al centro sanitario. Un chófer indio nos acompaña hasta allí en un lujoso Jaguar. Tal vez por su posición laboral, o quizá por la dignidad que emana el volante, el chófer habla con cierta altanería mientras sorbe su té helado en vaso de Starbucks y pilota con una sola mano. Esos humos no los hemos atisbado hasta el momento siquiera en los propios qatarís, que aquí son los reyes del mambo. Pasamos el viaje en silencio mientras el chófer dialoga efusivamente con su compatriota. Luís y yo nos miramos perplejos e intentamos ahogar la carcajada cuando el conductor eructa en mitad de una frase y sigue hablando sin el más mínimo apuro. Quizá es algo normal, algo cultural, o quizá este tío es un poco cerdo. Todavía se me escapan demasiados datos culturales.
El Centro es un edificio de dos plantas separado en una zona para hombres y otra para mujeres. Aquí todos los hospitales hacen esta diferencia. No obstante este lugar no es un recinto hospitalario. Hay oficinas, consultas y largas colas ante ventanillas para entregar documentos. El jefazo nos guía por los pasillos mientras carga una pila de cajas de cartón con el logotipo de Al Jazeera. Nos encontramos de pronto en la sala al otro lado de las ventanillas. Unos trabajadores vestidos con túnica blanca teclean nuestros datos en el ordenador mientras los ciudadanos de a pié esperan su turno al otro lado del cristal. Es un alivio no tener que hacer la cola pero me inquieta la naturalidad con la que se ejercen ciertas discriminaciones administrativas. Vamos pasando por las consultas sin esperar ni un minuto. Los médicos que nos atienden van recibiendo cada uno su correspondiente caja. Mientras me sacan la sangre veo el contenido de una de ellas. El médico sonríe agradecido por la agenda y billetera de piel envueltas en papel de seda. Radiografía de pecho y fin del recorrido. En un inglés atropellado el jefe me explica todo el tiempo que nos hemos ahorrado y me comenta que su primo es algo así como el director del centro. Conmovedor.
En el camino de vuelta repaso las injusticias que he visto en la escasa media hora que hemos estado allí. Supongo que me falta el prisma con el que se miran aquí las cosas. Sinceramente, espero no obtener jamás ese prisma.
Suena ‘Evil’ de Interpol.
(Menos mal que pronto empieza el trabajo con las Olimpiadas, tengo demasiado tiempo para reflexionar aquí.)
2 comentarios:
Si eso aqui tambien funciona. Tengo un amigo que nos lo hace en 10 minutos.... o el enchufe para entrar sin pagar... por no hablar de lo que tu hermana nos ragalaba por "cortesia" de su antigua empresa.
Ya sé que ocurre en todas partes. Lo sorprendentemente triste es lo asimilado que está en la sociedad. A ninguno de los que hacian cola, casi todos ellos hindús y pakistanís, se les ocurriría protestar por la situación. Hay muchas cosas que hacen pensar que esta es una sociedad muy clasista.
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