
El estrés postraumático de esta semana ha hecho mella y las primeras horas en Qatar siguen azotando mi estomago maltrecho por los nervios. No es un viaje de estudios, ni unas vacaciones. Voy a vivir esta cultura durante meses y mi ignorancia en cuanto a lo que me rodea me impide disfrutar el momento cómo en otras ocasiones lo he hecho. Pero ya estamos aquí. Escribo tumbado en la descomunal cama de mi descomunal apartamento, y conste que el adjetivo no busca envidia alguna en quien lo lea, sino llamar la atención de lo pequeño que se siente aquí uno que nunca ha vivido realmente solo. Sigo nervioso sí, pero el nuevo día traerá la calma, lo sé. Pasemos a los hechos.
Horas en aviones y aeropuertos, aunque menos de las que esperarías para viajar a un mundo que está más lejos de nuestro país en costumbres que en kilómetros. Desde el cielo, Qatar es una extensión de casas pegadas a carreteras que cruzan el desierto. Un paisaje que hasta ahora solo recuerdo en las películas. No obstante, unos segundos después de aterrizar, la “M” de las hamburguesas silueteada en el horizonte te invita a pensar que no has viajado tan lejos. Pero el calor del desierto te devuelve a la realidad. Me preguntaba si la sensación era debida al motor del avión que tenía a mi izquierda. No lo era. Aquí pasear por la calle es como ese autobús que se detiene a tu lado en la Gran Vía una tarde de verano. !Qué calor! No importa. No hay cuatro paredes sin un aire acondicionado o dos. Aquí todo es de lujo, pero al cambio, nos sale barato. ¿Una cocacola 20 céntimos? Por ahora solo es algo que me han contado, cuando lo vea le haré una foto.
Los nuevos compañeros de trabajo vienen a rescatarme. Casi la segunda frase ya es un consejo sobre la vida allí. Hay mucho que aprender, y rápido. No obstante todo gira en torno a un mismo concepto: respeto. Si eres respetuoso con su cultura, su cultura te respetará. Siento que hay códigos para todo: no mirar según a quien, no decir según qué, no entrar por una puerta antes que tu acompañante situado a tu derecha,… A priori nada parece tan estricto, pero tampoco hay ganas de jugar a conocer los límites. Junto a la tropa de taxis azul celeste cargamos las maletas en el coche. Estamos en Doha. Veinte hoteles, cuatro centros comerciales y siete concesionarios de coches después llegamos a casa. Con la fachada totalmente iluminada, se trata de un edificio bastante nuevo y elegante. Ciertamente se ve en la distancia. Ante él, quinientos metros de un aparcamiento vacío, y desde el otro lado nos saluda un centro comercial, el Lulu Center.
El día ha sido largo, el cambio brusco, pero cenar en un hotel con otro español y un portugués, tomando una cerveza cómo lo haríamos en cualquier pizzería europea, no tiene precio.
Suena ‘Time Will’ de Hercules & Love Affair.
(A quienes va dirigido:
Esta noche estoy en Doha, pero estoy con todos vosotros.)
Horas en aviones y aeropuertos, aunque menos de las que esperarías para viajar a un mundo que está más lejos de nuestro país en costumbres que en kilómetros. Desde el cielo, Qatar es una extensión de casas pegadas a carreteras que cruzan el desierto. Un paisaje que hasta ahora solo recuerdo en las películas. No obstante, unos segundos después de aterrizar, la “M” de las hamburguesas silueteada en el horizonte te invita a pensar que no has viajado tan lejos. Pero el calor del desierto te devuelve a la realidad. Me preguntaba si la sensación era debida al motor del avión que tenía a mi izquierda. No lo era. Aquí pasear por la calle es como ese autobús que se detiene a tu lado en la Gran Vía una tarde de verano. !Qué calor! No importa. No hay cuatro paredes sin un aire acondicionado o dos. Aquí todo es de lujo, pero al cambio, nos sale barato. ¿Una cocacola 20 céntimos? Por ahora solo es algo que me han contado, cuando lo vea le haré una foto.
Los nuevos compañeros de trabajo vienen a rescatarme. Casi la segunda frase ya es un consejo sobre la vida allí. Hay mucho que aprender, y rápido. No obstante todo gira en torno a un mismo concepto: respeto. Si eres respetuoso con su cultura, su cultura te respetará. Siento que hay códigos para todo: no mirar según a quien, no decir según qué, no entrar por una puerta antes que tu acompañante situado a tu derecha,… A priori nada parece tan estricto, pero tampoco hay ganas de jugar a conocer los límites. Junto a la tropa de taxis azul celeste cargamos las maletas en el coche. Estamos en Doha. Veinte hoteles, cuatro centros comerciales y siete concesionarios de coches después llegamos a casa. Con la fachada totalmente iluminada, se trata de un edificio bastante nuevo y elegante. Ciertamente se ve en la distancia. Ante él, quinientos metros de un aparcamiento vacío, y desde el otro lado nos saluda un centro comercial, el Lulu Center.
El día ha sido largo, el cambio brusco, pero cenar en un hotel con otro español y un portugués, tomando una cerveza cómo lo haríamos en cualquier pizzería europea, no tiene precio.
Suena ‘Time Will’ de Hercules & Love Affair.
(A quienes va dirigido:
Esta noche estoy en Doha, pero estoy con todos vosotros.)