lunes, 28 de julio de 2008

07. ANATOMÍA DE DAVE


La imagen de modernidad que Qatar se esfuerza en proyectar en todos sus ámbitos hace que te olvides a menudo de su condición de país islámico. Desde luego no es un régimen tan estricto cómo otros, pero tiene sus puntos. Uno de ellos nos lleva de excursión al Centro Nacional de Seguridad Sanitaria. No puedes permanecer en este país si padeces enfermedades cómo la tuberculosis, hepatitis o si eres portador de VIH. Así que a todos los foráneos nos obligan a pasar un examen médico, radiografías y análisis de sangre.

Nuestra posición aquí es bastante privilegiada por ser, indirectamente, trabajadores de Al Jazeera. En las oficinas de la famosa televisión empieza nuestro tour médico. Un chico turco y un hindú esperan en la recepción con Luís y conmigo. Llega el jefe. Viste el típico atuendo blanco qatarí. Desconozco su cargo pero se desenvuelve con gran seguridad en sí mismo. Salimos y bajo el calor húmedo y bochornoso nos espera un coche para trasladarnos al centro sanitario. Un chófer indio nos acompaña hasta allí en un lujoso Jaguar. Tal vez por su posición laboral, o quizá por la dignidad que emana el volante, el chófer habla con cierta altanería mientras sorbe su té helado en vaso de Starbucks y pilota con una sola mano. Esos humos no los hemos atisbado hasta el momento siquiera en los propios qatarís, que aquí son los reyes del mambo. Pasamos el viaje en silencio mientras el chófer dialoga efusivamente con su compatriota. Luís y yo nos miramos perplejos e intentamos ahogar la carcajada cuando el conductor eructa en mitad de una frase y sigue hablando sin el más mínimo apuro. Quizá es algo normal, algo cultural, o quizá este tío es un poco cerdo. Todavía se me escapan demasiados datos culturales.

El Centro es un edificio de dos plantas separado en una zona para hombres y otra para mujeres. Aquí todos los hospitales hacen esta diferencia. No obstante este lugar no es un recinto hospitalario. Hay oficinas, consultas y largas colas ante ventanillas para entregar documentos. El jefazo nos guía por los pasillos mientras carga una pila de cajas de cartón con el logotipo de Al Jazeera. Nos encontramos de pronto en la sala al otro lado de las ventanillas. Unos trabajadores vestidos con túnica blanca teclean nuestros datos en el ordenador mientras los ciudadanos de a pié esperan su turno al otro lado del cristal. Es un alivio no tener que hacer la cola pero me inquieta la naturalidad con la que se ejercen ciertas discriminaciones administrativas. Vamos pasando por las consultas sin esperar ni un minuto. Los médicos que nos atienden van recibiendo cada uno su correspondiente caja. Mientras me sacan la sangre veo el contenido de una de ellas. El médico sonríe agradecido por la agenda y billetera de piel envueltas en papel de seda. Radiografía de pecho y fin del recorrido. En un inglés atropellado el jefe me explica todo el tiempo que nos hemos ahorrado y me comenta que su primo es algo así como el director del centro. Conmovedor.

En el camino de vuelta repaso las injusticias que he visto en la escasa media hora que hemos estado allí. Supongo que me falta el prisma con el que se miran aquí las cosas. Sinceramente, espero no obtener jamás ese prisma.

Suena ‘Evil’ de Interpol.

(Menos mal que pronto empieza el trabajo con las Olimpiadas, tengo demasiado tiempo para reflexionar aquí.)

domingo, 20 de julio de 2008

06. UN HOMBRE AFORTUNADO


La rutina lo envuelve todo en este país y los días apenas me ofrecen una pequeña anécdota que llevarme a la boca. Ya he hecho acopio de paciencia, así que recopilaré los sucesos de varios días en estas líneas.

Nuestras visitas a la civilización suelen acontecer bajo la luz de la luna, más amable que el sol por estos lares. Además a las seis de la tarde ya es de noche aquí. Esta semana la humedad ha subido de manera exagerada, por lo que es aconsejable reducir el tiempo de exposición al aire ¿libre?

Paseamos deslumbrados por una interminable fila de escaparates, resguardados por el aire acondicionado industrial del City Center. Este centro comercial ha crecido como un champiñón entre los monstruos rascacielos a medio terminar. Carrefour, Starbucks, Zara, Springfield,… Predominan las tiendas de bisutería. Será que gusta mucho por aquí lo de los adornos…

Volvemos a casa a dejar el uniforme de “mallrats” y a ponernos guapos, la noche qatarí nos espera. Una exhaustiva búsqueda en Internet y un par de consejos de algún conocido nos conduce hasta ‘Pearl’, un distinguido club-lounge en los bajos del hotel Marriot. Seguro que por dentro es espectacular en cuanto a diseño y decoración. Si algún día me dejan entrar os lo describiré. Cogemos otro taxi hasta el hotel Ramada. Allí se encuentra ‘Qube’ nuestra última opción ya que no conocemos más discotecas en Doha. Dudo que las haya. Nos hacen pasar por un detector de metales pero, como hemos dejado los puños americanos en casa y sabemos poner cara de buena gente, nos permiten entrar. Es una discoteca bastante grande y está abarrotada. Música house, barras de bebida, gente muy borracha bailando, mesas para comer algo en mitad de la pista de baile... A veces las diferencias con Europa son muy sutiles. Aunque en Qube no deben tener muy claro el concepto de sutileza. Un láser anuncia en la pared que a las 2:15 am. sirven la última ronda de bebidas. A las 2:16 am. unas rejas caen del techo y cierran literalmente las barras. Ya nada me sorprende.

Una tarde algo distinta en la ciudad. Cerca del Zoco hay un barrio lleno de tiendas de ropa, electrónica, teléfonos móviles y baratijas de la peor calaña. Me encanta. Aprovecho para comprar una guitarra acústica con la que torturar a mis vecinos en las incontables horas que estoy en casa. ¿Será Doha el paraíso que verá nacer por fin mi talento musical? (Sed buenos, no hace falta que respondáis). El paseo nos abre el apetito. Nos sentimos aventureros y entramos en una tasca india equivalente al bar de bocadillos más cutre de vuestro barrio. Nos ponemos hasta arriba de samosas, pollo tikka y algún otro tipo de empanadas. Té y refrescos. Incrédulos pagamos una cuenta de 18 reales, equivalente a la friolera de 3 euros. Definitivamente, comer aquí es muy barato.

Ya en casa, Luís y yo practicamos a Muse y White Stripes con nuestras guitarras. Soy como un crío con zapatos nuevos y esto me ayuda a olvidar dónde estaría hoy de no haber venido a Qatar. Sobre la hora esperada suena el teléfono. Viajo durante dos minutos a Madrid mientras Richard Ashcroft canta ‘Lucky Man’. El vello de punta. Estoy en el Summercase gritando a pleno pulmón, saltando con Diana y con Carlos, y con Álex y Nacho y Víctor… Me hubiera gustado quedarme más tiempo, pero el desierto me reclama.

Soy un hombre afortunado. Sí señor.

Suena ‘Lucky Man’ de The Verve, ¿cómo no?

("How many times do I have to learn
that all the love I have is in my mind?"

Muchas gracias. Os quiero y os añoro.)

domingo, 13 de julio de 2008

05. UNA PLAYA EN MITAD DEL DESIERTO


Por el ritmo de los acontecimientos, el blog de hoy podría haberse titulado ‘Teo va a la playa’, pero es que la oferta sociocultural de Doha es un poco densa y difícil de conocer. Me aferro a este eufemismo sin saber si dicha oferta en realidad existe. Seguro que sí. La realidad es que el clima, y no me refiero sólo al meteorológico, invita a tomarse las cosas con calma.

Empezamos a conocer bien ciertos lugares. Nos hacemos un pequeño hueco en esta ciudad y vamos uniendo puntos como en un crucigrama, conociendo nuestro entorno antes de salir a explorar lo que tenemos más lejos. La camarera del Caffé Tassé, una pequeña y simpática filipina, nos sonríe desde la puerta nada más poner un pie en el Zoco, el guarda de nuestro edificio nos choca los cinco siempre que no está rezando y el portero del bar de la undécima planta del Hotel Rydges nos prohíbe la entrada una de cada dos veces que intentamos entrar… esto empieza a ser familiar.

Ayer tuvimos una revelación: si estamos de vacaciones , hay que ir a la playa. Toalla, bañador y al coche. Nuno, nuestro jefe técnico aquí, lleva más de 8 años en Qatar y nos aseguró que la playa más cercana está a cuarenta kilómetros. El mapa indica Al Wahkra con una sombrilla y a tan sólo dos km. de Doha. Salimos de la autovía en Al Wahkra y serpenteamos por caminos de tierra hasta clavarnos literalmente con el coche en la arena de la playa. Llegada triunfal. La amabilidad de los allí presentes nos ayuda a sacar el coche. Bueno, el Jeep de uno de ellos también ayudó bastante.

Disfrutemos del mar. Aquí no hace calor, no es que haya brisa, pero se está mucho mejor que en la ciudad. Hay varias familias apostadas con sus todoterrenos a lo largo de la orilla. No hay nada más. Quizá Nuno se refería a que a cuarenta km. está la primera playa que vale la pena. No es un paisaje virgen. No es un recodo apartado de la ciudad en el que disfrutar de la naturaleza. Sólo es arena y agua. Ni siquiera la marea mueve las olas regalándonos su sonido. Un paisaje que te deja indiferente.

El sol casi se ha puesto en el desierto. El agua esta tibia y bastante limpia. La luna creciente nos ve bañarnos a 500 metros de la orilla con el agua por las rodillas y da la impresión de que puedo llegar a Irán caminando por el agua. Tranquilos, no lo haré.

Suena ‘Time To Pretend’ de MGMT.

(Doha no grita, susurra. Ni siquiera el tráfico es ruidoso.
¿Por qué echo de menos el bullicio en una ciudad?)

jueves, 10 de julio de 2008

04. EL ZOCO


Sigue la vida tranquila, lenta y apacible. Aburrida. Me cuesta acostumbrarme a estas vacaciones inesperadas, pero no tendré más remedio que habituarme a ellas pues no creo que trabaje nada hasta agosto. Nuestra misión aquí este verano es la de un equipo de guardia por si surge un campeonato de billar o unas carreras de camellos que retransmitir. Os aseguro que esto último no es un chiste.

En unas vacaciones con fecha de caducidad no pararía un momento para verlo todo, aquí sin embargo, sé que el tiempo no será un problema para visitar y conocer cada resquicio de este oasis. Así y todo, ya tocaba ejercer de guiri. Mis camaradas aquí, Javi y Luís, también tenían hoy ganas de airearse. Nos hemos calzado las gafas de sol y nos hemos subido al coche dirección a la bahía. Por cierto, llevo cuatro días pensando que el mar me quedaba al lado equivocado, si en un ataque de locura hubiera corrido en su busca, me habría encontrado pronto en mitad del desierto. En fin. Aparcamos junto al mar y frente a nosotros una auténtica estampa neoyorkina con el skyline de rascacielos posando para nosotros. Paseo y fotos. Vamos al Zoco.

El Zoco de Doha es una construcción reciente, menos de diez años, pero está diseñado para parecer un zoco tradicional con callejuelas y tenderetes. Sinceramente he de decir que es bonito y agradable pero en ningún momento se atisba el mágico caos de otros mercados árabes con auténtica tradición. Para que os hagáis una idea, si hubiera un zoco en Port Aventura, sería igual que este. Aún así, intuyo que muchas de mis horas las pasaré allí comiendo cuscús, tomando té y paseando por tiendas de artesanía impregnadas del embriagador aroma de las especias. Hoy tampoco había una muchedumbre por este laberinto de tiendas y cafés. Esperaré a ver qué impresión me causa un jueves o viernes en su apogeo. Una curiosidad: aquí el festivo no es el domingo, sino el viernes.

Suena ‘Lucy In The Sky With Diamonds’ de The Beatles.

(El polvo del desierto te permite mirar al sol sin que te deslumbre como en España…
Me gusta que me deslumbren.)

miércoles, 9 de julio de 2008

03. LAS TORRES DE DOHA

Una de leyendas urbanas.

Mi intención es simplemente ilustraros lo que ven aquí mis ojos, pero si le contáis a cualquier amigo algo de lo que he escrito, para él no dejará de ser algo ocurrido a un ADUA (Amigo De Un Amigo).
Esta terminología no me la acabo de inventar, pero no es de lo que quiero hablar. Sólo quiero dejar claro que puedo estar transmitiéndoos una leyenda urbana sin saberlo, ya que mucho de lo que voy conociendo de la ciudad y sus costumbres me lo van contando otras personas aquí.

La protagonista de esta leyenda a la que doy crédito es la Torre Aspire, que podéis ver en la foto. Hasta el momento, el edificio más alto de Doha, fue construida para albergar los Asian Games en 2006. Se levanta majestuosa en el polvoriento skyline de la ciudad, y en su interior encontramos canchas deportivas, piscina, hotel y toda clase de lujos. Su forma de pebetero no es casual, ya que la llama olímpica asiática coronaba el edificio durante los juegos.

Según dicen, se obligó a que remodelaran el proyecto durante su construcción para que las zonas destinadas al príncipe o al emir fueran más grandes. Así se hizo. Una vez introducidos los cambios, las medidas de las pistas deportivas eran inferiores a los mínimos permitidos, lo que impedía que se llevaran a cabo allí las competiciones. ¿Solución? Construir un estadio justo al lado para competir, y quedarse con una preciosa y carísima vela de 318 metros de altura.

Esto es un gran reflejo de lo que parece ser algo habitual en Qatar. Aseguran que los enormes rascacielos del centro financiero de la ciudad están en gran parte vacíos. Sólo se me ocurre un adjetivo que califique esto: ostentoso. Parece que se intenta dar al exterior una imagen de modernidad y abundancia sin tener en cuenta el desarrollo natural de las civilizaciones. Se construyen edificios que no se necesitan y a los que después no se les da uso alguno. Pero nada importa si sobra el dinero. Y aquí sobra.

No pretendo ser crítico ya que no tengo confirmación alguna de que estas leyendas sean ciertas. Sólo me parecía una historia muy curiosa y, curiosamente, no me sorprendería que fuera cierta.

Suena ‘Mentiroso, Mentiroso’ de Iván Ferreiro.

(Los días pasan despacio estando lejos.
Sólo espero que los vuestros pasen rápido para que no os dé tiempo a olvidarme.)

lunes, 7 de julio de 2008

02. QATARREFOUR


Una plácida mañana en un mundo nuevo. Os hablaría del clima pero sería como en aquella película: me asomo a la ventana y grito, ¡Hace mucho caloooor! El wifi va y viene en mi salón, pero algo es algo. Una ducha para despertarse parecería una buena idea, si no fuera porque el agua fría sale ardiendo. Nos suministran desde unos depósitos de agua que se pasan el día tomando el sol, ergo no existe el agua fría mas que en la nevera. A estas alturas os preguntareis que tal el trabajo por aquí, cómo lo llevo o qué estoy haciendo, pues el jueves os lo diré, todavía no hemos hecho nada de eso. Aquí habrá muchos días que no trabaje este verano, pero no me envidiéis todavía, cuando trabaje lo haré a más de 40ºC.

Básicamente el día lo he pasado comprando lo necesario para casa, y que mejor sitio para hacerlo que el Carrefour, que ya sabes dónde esta todo. Así es, he estado en un Carrefour en Doha, y los botes de detergente estaban en el mismo pasillo que los encontraríais en Pozuelo o en el Saler, sólo que en lugar de una mamá joven con camisa blanca o un bebé sonriente, en la pegatina hay una modelo luciendo su maravilloso e impoluto velo. Siempre he sido un friqui de los productos extranjeros, me encantan las etiquetas extrañas y llamativas y en las que no entiendes un pijo. No quiero cansaros con anécdotas de este tipo, lo único que añadiré es que la cocacola es muy barata, 80 céntimos una botella de 2,25 cl., y que he encontrado mis anhelados cereales Fruit Loops, qué grande.

El resto de la tarde limpieza general, ya he devuelto casi todo el desierto a la calle, terminaré mañana. Peter Griffin amaestrando a James Woods, Enjuto discutiendo con el Explorer, unos capítulos de Weeds y a dormir.

Suena ‘You Are My Face’ de Wilco.

(También en Doha: ¡Grande Nadal!)

domingo, 6 de julio de 2008

01. ATERRIZAJE


El estrés postraumático de esta semana ha hecho mella y las primeras horas en Qatar siguen azotando mi estomago maltrecho por los nervios. No es un viaje de estudios, ni unas vacaciones. Voy a vivir esta cultura durante meses y mi ignorancia en cuanto a lo que me rodea me impide disfrutar el momento cómo en otras ocasiones lo he hecho. Pero ya estamos aquí. Escribo tumbado en la descomunal cama de mi descomunal apartamento, y conste que el adjetivo no busca envidia alguna en quien lo lea, sino llamar la atención de lo pequeño que se siente aquí uno que nunca ha vivido realmente solo. Sigo nervioso sí, pero el nuevo día traerá la calma, lo sé. Pasemos a los hechos.

Horas en aviones y aeropuertos, aunque menos de las que esperarías para viajar a un mundo que está más lejos de nuestro país en costumbres que en kilómetros. Desde el cielo, Qatar es una extensión de casas pegadas a carreteras que cruzan el desierto. Un paisaje que hasta ahora solo recuerdo en las películas. No obstante, unos segundos después de aterrizar, la “M” de las hamburguesas silueteada en el horizonte te invita a pensar que no has viajado tan lejos. Pero el calor del desierto te devuelve a la realidad. Me preguntaba si la sensación era debida al motor del avión que tenía a mi izquierda. No lo era. Aquí pasear por la calle es como ese autobús que se detiene a tu lado en la Gran Vía una tarde de verano. !Qué calor! No importa. No hay cuatro paredes sin un aire acondicionado o dos. Aquí todo es de lujo, pero al cambio, nos sale barato. ¿Una cocacola 20 céntimos? Por ahora solo es algo que me han contado, cuando lo vea le haré una foto.

Los nuevos compañeros de trabajo vienen a rescatarme. Casi la segunda frase ya es un consejo sobre la vida allí. Hay mucho que aprender, y rápido. No obstante todo gira en torno a un mismo concepto: respeto. Si eres respetuoso con su cultura, su cultura te respetará. Siento que hay códigos para todo: no mirar según a quien, no decir según qué, no entrar por una puerta antes que tu acompañante situado a tu derecha,… A priori nada parece tan estricto, pero tampoco hay ganas de jugar a conocer los límites. Junto a la tropa de taxis azul celeste cargamos las maletas en el coche. Estamos en Doha. Veinte hoteles, cuatro centros comerciales y siete concesionarios de coches después llegamos a casa. Con la fachada totalmente iluminada, se trata de un edificio bastante nuevo y elegante. Ciertamente se ve en la distancia. Ante él, quinientos metros de un aparcamiento vacío, y desde el otro lado nos saluda un centro comercial, el Lulu Center.

El día ha sido largo, el cambio brusco, pero cenar en un hotel con otro español y un portugués, tomando una cerveza cómo lo haríamos en cualquier pizzería europea, no tiene precio.

Suena ‘Time Will’ de Hercules & Love Affair.

(A quienes va dirigido:
Esta noche estoy en Doha, pero estoy con todos vosotros.)